El «kibutz» de Mefalsim, en las inmediaciones de
la Franja de Gaza, fue el primero fundado por judíos procedentes de América
Latina, principalmente de Argentina y Uruguay, de los que todavía quedan
algunos descendientes entre los actuales 900 residentes de esta granja
colectiva del sur de Israel.
Con un gran establo que alberga a 300 vacas a su entrada, el
«kibutz» Mefalsim está formado por un conjunto de casitas blancas,
entre las que sus pobladores muestran con especial orgullo las dependencias
destinadas a guardería y escuela, donde los niños son atendidos desde su
nacimiento hasta los 6 años y donde reciben la primera enseñanza.
Moshe Reskin y Claudio Meitovich, ambos de origen argentino,
explican que, debido a la proximidad de Gaza y a que pueden ser blanco del
lanzamiento de cohetes desde la franja, en 2013 han protegido «todas las
instalaciones destinadas a la educación de los niños con techos especiales de
40 centímetros de grosor».
Todos los habitantes del «kibutz» conocen la señal
de alerta cuando se produce el lanzamiento de un cohete, que les deja entre 7 y
15 segundos para acudir a las casas habilitadas como refugio.
De los 70 argentinos, uruguayos «y algún brasileño
infiltrado» que en el año 1949 fundaron esta granja colectiva, solo quedan
cinco personas.
De aquellos pioneros, «la mayoría abandonó. Eran
personas que venían de Buenos Aires, de Montevideo, y la mayoría de círculos
burgueses, cuyos padres lloraron cuando les dijeron que se venían para
acá», cuenta Moshe durante una visita al «kibutz».
Piensa que la mayoría de los que entonces vinieron para
fundar una granja colectiva, regida como todos los «kibutz» en su
origen por un sistema socialista que obedecía a la máxima «de cada uno
según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades», lo hicieron
«por ideología, pero luego surgió el día a día, cuando hay que levantarse
a las cuatro de la mañana a trabajar la tierra».
En el archivo de Mefalsim pueden verse las fotos de sus
fundadores, parejas de jóvenes argentinos y uruguayos en medio de una tierra
desértica, en la que dormían en tiendas de campaña, sin nada alrededor.
Los que se quedaron, lograron hacer la primera perforación
de agua en el desierto entre 1949 y 1950 y a partir de los años 60 «se
hizo el gran conducto de agua desde el Kineret (Mar de Galilea o lago
Tiberiades)», recuerda Moshe.
En la actualidad, este «kibutz», que, como el
resto de las granjas colectivas ha abandonado el socialismo inicial para entrar
en las prácticas del capitalismo y adaptarse a los avances tecnológicos, es
rentable, según Moshe y Claudio.
Su principal actividad es una fábrica metalúrgica en la que
se hacen piezas a partir de polvo de metal. Además, producen unas mil toneladas
de carne de pollo al año, y 3,5 millones de litros de leche anuales gracias a
sus 300 vacas.
Algunos de los actuales habitantes de Mefalsim trabajan
fuera del «kibutz» y aportan su salario a la comunidad, que a su vez
les revierte la suma que consideran adecuada.
Es el caso de Moshe, que tras trabajar en la granja quince
años, decidió estudiar historia. El kibutz financió sus estudios, y ahora da
clases como profesor en un colegio e ingresa su nómina en la cuenta común.
Del dinero que entregan los que trabajan fuera, se les da la
parte que se considera apropiada «teniendo en cuenta los hijos que tengan,
la antigüedad y sus necesidades», explica Moshe.
Para ocuparse de estas tareas, el kibutz Mefalsim cuenta con
un gerente.
Al final de la zona donde se encuentran las casas, se divisa
en el horizonte la Franja de Gaza, «nuestros vecinos», señala Moshe,
que cuenta que «hasta que empezó la Primera Intifada (1987), aquí en
nuestro kibutz trabajaba mucha gente de Gaza».
«Pero, tras la Segunda Intifada (2000), como se dice en
Argentina, se pudrió todo». Luego, recuerda que siguieron manteniendo cierto
contacto con programas desde el colegio, «hasta que Hamás tomó el control
de la franja, entonces se acabó».
Claudio enseña con orgullo el «refugio» que han
construido como «centro de operaciones» cuando «se entra en
estado de emergencia» por las características especiales que les da su
vecindad con la Franja de Gaza.
En la puerta del recinto un cartel recuerda que su
restauración se ha hecho con la ayuda de la familia de Arie (León) Goldwasser,
uno de los cofundadores del kibutz.
Entre la segunda y tercera generación, «la mayoría no
se queda», pero, según Claudio, hay una especie de «otra vuelta de la
rueda, ya que algunos de los que se van, tras estar en el ejército o vivir una
temporada en la ciudad, vuelven».
Ellos dos, y unos pocos
más, conservan intacta su lengua materna española, pero las nuevas generaciones
han sido educadas en hebreo y a partir de los seis años estudian inglés y desde
los doce árabe.